Piensa en la persona más buena que hayas conocido que no era religiosa. Tiene un nombre, tiene una cara. Probablemente ayudaba sin que nadie la viera, cuidaba a quien lo necesitaba, y nunca pisó un templo ni le hizo falta.
Ahora la pregunta incómoda: ¿está en el infierno?
Si te enseñaron que sí, quiero contarte algo que no es una opinión ni una interpretación teológica más entre varias posibles. Es un hecho documentado, fechado y rastreable: el infierno que conocemos en Occidente no está en los textos originales de la Biblia. Es un error de traducción que se cometió en un año concreto, por un hombre concreto, y que se convirtió — sin que él lo planeara — en la herramienta de control social más eficaz de la historia occidental.
Año 382. Un despacho en Roma.
El Papa Dámaso I necesitaba una Biblia. No una más — ya existían demasiadas, contradictorias entre sí, cada comunidad con su propia versión. Quería la Biblia: un texto único, en latín, bajo el sello de Roma. El hombre elegido para esa tarea fue Jerónimo de Estridón: políglota, obsesivo, con un dominio del hebreo, el griego y el latín que pocos podían igualar en su siglo.
Cuando Jerónimo llegó a las palabras que describen lo que ocurre después de la muerte, se encontró con un problema que nadie le había advertido: el hebreo, el griego y el latín no hablan «el mismo idioma del alma». Son cuatro palabras distintas — que en próximos artículos vamos a desmontar una por una — describiendo cuatro realidades que ninguna cultura antigua había imaginado igual. Y él tenía que verterlas todas a un solo idioma.
La palabra que eligió no significaba lo que hoy creemos
Para traducir el destino de los muertos, Jerónimo usó la palabra latina infernus. Y aquí está el dato que cambia todo: en latín clásico, infernus no tenía ninguna carga moral. Simplemente significaba «lo que está abajo» — lo opuesto a superus, «lo que está arriba». Era una palabra de dirección, no de juicio. Tan neutral como decir «norte» o «sur».
En la cosmología romana, el mundo de los inferi que describió Virgilio en la Eneida era un lugar frío y melancólico, cruzado por ríos silenciosos, administrado con la misma burocracia austera que los romanos aplicaban a todo. El ciudadano honesto, el comerciante, la madre de familia: todos terminaban ahí, sin premio ni castigo. Simplemente muertos.
Esa fue la palabra que Jerónimo eligió para traducir el más allá bíblico. No porque fuera la más precisa — como iremos viendo, era casi lo opuesto. La eligió porque era la palabra que el lector latino de su época ya conocía. Una decisión práctica, razonable incluso. Y catastrófica: nos costó dieciséis siglos de una imagen del más allá que ni el hebreo ni el griego originales describían.
Esto es solo la primera de cuatro palabras
Infernus es apenas el comienzo. Las próximas entregas de esta serie van a rastrear cómo un fiscal de una corte celestial se convirtió en «el Diablo», cómo un basurero real a las afueras de Jerusalén se transformó en un calabozo cósmico eterno, y de dónde salió realmente la idea del Purgatorio — que, como vamos a ver, ni Jesús ni los apóstoles mencionaron jamás.
Este artículo es la primera entrega de una serie basada en el libro «La palabra que inventó el infierno». Muy pronto agregaremos aquí el enlace directo al libro.