El sintoísmo, la antigua religión indígena de Japón, brinda una visión única y rica del origen del universo y de la humanidad. A diferencia de otras cosmogonías que pueden enfocarse en un solo acto creador o deidad primordial, la tradición sintoísta presenta un mundo lleno de dioses o «kami», donde la naturaleza, los seres humanos y lo divino están inextricablemente conectados. A través del «Kojiki» y el «Nihon Shoki», antiguos textos sintoístas, se relata una historia de creación que refleja la profunda conexión de Japón con la naturaleza y lo divino.
El Origen del Universo
Todo comienzo tiene un momento de oscuridad. En la cosmovisión sintoísta, antes de que existiera el mundo como lo conocemos, el universo era una masa caótica, un vasto océano en desorden. Las partículas más livianas y puras ascendieron, formando los cielos, mientras que las más pesadas se depositaron, estableciendo las bases de la tierra. En este escenario celestial nacieron los primeros kami, divinidades que representan diferentes aspectos del universo.
Izanagi e Izanami: Arquitectos del Mundo
Las últimas de estas divinidades primordiales fueron Izanagi e Izanami, hermano y hermana, quienes recibirían el importante encargo de moldear el mundo. Parados en el Puente Celestial, con una lanza sumergieron el caos primordial. Las gotas que cayeron de la lanza dieron origen a la isla de Onogoro, la primera en formarse en el archipiélago japonés.
Descendieron a esta isla y celebraron una ceremonia ritual, en la que, por un pequeño error protocolario —Izanami hablando primero—, su unión inicial produjo hijos deformes. Una vez rectificado este error, la pareja divina no solo creó el resto de las islas de Japón, sino también a diversas deidades asociadas a montañas, ríos y otros elementos naturales.
El Nacimiento del Sol, la Luna y la Tormenta
De su unión surgieron también tres deidades fundamentales: Amaterasu, diosa del sol; Tsukuyomi, dios de la luna; y Susanoo, el tempestuoso dios de las tormentas. Cada uno desempeñaría un papel crucial en las historias mitológicas de Japón.
Tras el nacimiento de Susanoo, Izanami no pudo sobrevivir y descendió al inframundo. Izanagi, desconsolado, intentó rescatarla, pero al descubrir su estado de descomposición, huyó. En su retorno y posterior purificación, nacieron nuevos kami, solidificando la relación entre la purificación y el renacimiento en la tradición sintoísta.
La Luz retorna al Mundo
Susanoo, con su carácter impetuoso, desafió constantemente a Amaterasu, lo que llevó a una serie de eventos catastróficos. En uno de sus episodios de furia, Amaterasu, herida en su orgullo, se refugió en una cueva, dejando el mundo sumido en la oscuridad. Los demás kami, conscientes de la desolación que esto causaba, idearon un plan para hacerla salir, utilizando joyas brillantes y un espejo para atraer su curiosidad. Su retorno no solo simbolizó el regreso de la luz, sino que también estableció a Amaterasu como una de las deidades más veneradas del panteón sintoísta.
La Humanidad y su relación con lo Divino
Mientras que los textos no ofrecen un relato lineal sobre la creación de la humanidad, es evidente que los seres humanos son vistos como parte integral de la tapezaña cósmica. Ya sea que hayan surgido de la interacción de los kami o de la propia tierra de Japón, los seres humanos tienen un papel importante en la cosmogonía sintoísta: mantener la armonía con la naturaleza y lo divino.
En el sintoísmo, el mundo está habitado por innumerables kami, y la existencia humana es vista como una interacción constante con estos espíritus divinos. Cada montaña, río, árbol y piedra tiene su propia esencia espiritual, y es responsabilidad del ser humano respetar y coexistir con estas entidades.
Conclusión
La historia de la creación según la tradición sintoísta refleja la intrincada relación entre lo natural y lo sobrenatural que caracteriza la cultura japonesa. En lugar de separar a los dioses de la naturaleza o de los seres humanos, el sintoísmo presenta un mundo en el que todo está conectado y donde cada elemento tiene un significado divino. Esta cosmovisión, arraigada en los mitos de creación, sigue influyendo en la vida y prácticas culturales de Japón, recordándonos la belleza y el poder inherente en la armonía entre el hombre, la naturaleza y lo divino.