Tebas, la joya del Alto Egipto, se alzaba majestuosa bajo la luz dorada del sol poniente. Sus templos de piedra caliza reflejaban el resplandor del ocaso, y el aire estaba impregnado del aroma a incienso y especias. Las calles de tierra batida se llenaban de vida con mercaderes que ofrecían lino y cerámica, sacerdotes que entonaban cánticos a los dioses y esclavos que transportaban ánforas pesadas. El sonido del agua en los canales se mezclaba con las voces del pueblo, creando una sinfonía cotidiana que hacía vibrar la ciudad.
Neferet no siempre había sido una mujer desesperada. Había crecido en un hogar humilde, pero lleno de amor. Su esposo, un escriba respetado en la corte del faraón, la había protegido y le brindó una vida digna. Sin embargo, la enfermedad no respetaba linajes ni ruegos. La plaga se llevó a su esposo y, con él, la seguridad de su familia. Desde entonces, cada día había sido una lucha por mantener con vida a sus hijos, vendiendo lo poco que le quedaba y confiando en la generosidad de los templos. Pero cuando Khepri enfermó, incluso esa escasa estabilidad se desmoronó.
La arena se arremolinaba en las calles de Tebas, oscureciendo la última luz del atardecer. Neferet apretaba con fuerza el pequeño cuerpo de Khepri, sintiendo la fiebre que consumía a su hijo. Su piel ardía como las arenas del desierto, y su respiración era un susurro quebradizo.
—Madre, aún podemos rezar a los dioses —susurró Nitetis, su hija mayor, con la voz impregnada de esperanza y temor.
Neferet no respondió. Había pasado noches enteras implorando a Isis, dejando ofrendas en los templos de Imhotep, pero los dioses se mantenían en silencio. Ahora, en la desesperación, solo quedaba un camino: la magia prohibida.
En la sombra de una columna desgastada por el tiempo, una anciana le había susurrado un nombre: Sutekh. Su voz era como el crujido del papiro seco, y su rostro, surcado por los años, ocultaba secretos más antiguos que la misma Tebas. Su nombre era Anhai, una mujer que alguna vez había sido sacerdotisa de los templos de Amón, hasta que fue desterrada por sus estudios en la magia oscura. Su obsesión por desafiar la voluntad de los dioses la llevó a descubrir los secretos que el clero había prohibido, y ahora, condenada a vagar entre las sombras de la ciudad, buscaba a alguien lo suficientemente desesperado para continuar su legado.
—Sutekh puede salvarlo —había dicho Anhai con un brillo en los ojos—. Pero su ayuda siempre tiene un precio.
Neferet la miró con desconfianza, pero la desesperación la llevó a preguntar:
—¿Quién es Sutekh?
Los ojos de Anhai se entrecerraron, como si reviviera un antiguo temor.
—Sutekh es el dios del caos y la destrucción, el enemigo de Horus y de todo lo que es orden y luz. Fue desterrado por los mismos dioses, condenado a habitar en la sombra de la existencia. Pero su poder sigue vivo, esperando ser invocado por aquellos dispuestos a pagar el precio. No hay bendiciones en su pacto, solo intercambios… y cada deuda debe saldarse.
Esa noche, con Khepri cada vez más débil y los rezos inútiles, Neferet cruzó el desierto hasta la necrópolis. Nitetis la siguió en silencio, tratando de persuadirla.
—Si abres esa tumba, no habrá vuelta atrás —advirtió la joven—. Algo peor que la muerte podría esperarnos.
Neferet no se detuvo. Con manos temblorosas, empujó la losa de piedra y descendió a la oscuridad. Ahí, en una cámara polvorienta, el aire era espeso y el polvo parecía ahogar los susurros de los muertos. Con cada paso, sentía que algo en la penumbra la observaba, expectante.
Con un último respiro, extendió los dedos sobre el papiro. Sus símbolos parecieron moverse bajo la tenue luz de su lámpara. Murmuró las palabras escritas en tinta carmesí, y la oscuridad pareció absorber el sonido de su voz.
El suelo vibró. Un viento helado surgió de la nada, apagando la llama de su lámpara. Un hedor nauseabundo impregnó la cámara, una mezcla de sangre seca y cenizas antiguas. Las paredes temblaron y se agrietaron, dejando escapar murmullos disformes, voces de otro tiempo que se filtraban en la realidad.
Un escalofrío recorrió la espalda de Neferet cuando las sombras comenzaron a retorcerse a su alrededor, formando figuras grotescas de rostros alargados y bocas abiertas en un grito silencioso. La penumbra cobró forma, alargándose hasta convertirse en una figura alta y esbelta. Su silueta parecía una sombra viva, y de sus ojos emergía un resplandor rojo intenso.
—Pides salvar a tu hijo —murmuró la figura con voz grave, como el viento en las tumbas—. Y así será. Pero todo tiene un precio.
Neferet cerró los ojos y tomó una decisión. Un susurro de gratitud escapó de sus labios, pero no para Sutekh. Cuando volvió a abrirlos, la luz del amanecer comenzaba a filtrarse por las grietas de la tumba. La presencia oscura se desvaneció con un murmullo de descontento.
Días después, Neferet, con el corazón pesado por la pérdida de Khepri, elevó sus oraciones a los dioses. No pedía ya milagros, solo guía para su hijo en el más allá y fuerza para continuar su camino. La brisa de la mañana acarició su rostro como una caricia invisible, y en su alma sintió paz.