Los aztecas fueron una civilización mesoamericana que floreció entre los siglos XIV y XVI en el centro de México. Su cultura se caracterizó por su compleja religión, su arte, su arquitectura, su calendario y su sistema de escritura. Los aztecas tenían una visión mítica del origen del mundo y del hombre, que se basaba en la idea de que el universo estaba formado por ciclos de creación y destrucción. Según esta cosmovisión, el mundo actual era el quinto sol, el resultado de cuatro intentos fallidos de los dioses para crear la vida.
Los cuatro soles anteriores
El mito de la creación azteca se conoce como la Leyenda del Quinto Sol. Existen varias versiones de este mito, que se transmitieron oralmente hasta la llegada de los españoles, que los recopilaron en sus crónicas. Una de las fuentes más importantes es el Códice Chimalpopoca, un manuscrito pictórico que narra la historia de los aztecas desde sus orígenes hasta la conquista.
Según el Códice Chimalpopoca, al principio solo existía el dios dual Ometeotl, que era a la vez masculino y femenino, y que habitaba en el lugar más alto del cielo. De él nacieron cuatro hijos, los Tezcatlipocas, que representaban las cuatro direcciones del espacio y los cuatro elementos. Estos eran:
- Tezcatlipoca Rojo, también llamado Xipe Totec, el dios de la primavera, el este y el aire.
- Tezcatlipoca Negro, también llamado Yoalli Ehecatl, el dios de la noche, el norte y el agua.
- Tezcatlipoca Blanco, también llamado Quetzalcóatl, el dios de la sabiduría, el oeste y la tierra.
- Tezcatlipoca Azul, también llamado Huitzilopochtli, el dios de la guerra, el sur y el fuego.
Los cuatro dioses decidieron crear el mundo y todo lo que hay en él. Para ello, primero crearon un monstruo marino llamado Cipactli, que tenía forma de cocodrilo con cabeza de caimán y cola de pez. Luego crearon una isla en medio del océano primordial, donde pusieron una gran fogata. Después, cada uno de ellos se lanzó al fuego para convertirse en un sol.
El primer sol fue Tezcatlipoca Rojo, que iluminó el mundo durante 676 años. Sin embargo, Cipactli lo atacó y le arrancó una pierna. Entonces Tezcatlipoca Negro se enojó y golpeó al monstruo con un bastón mágico, haciendo que se hundiera en las aguas. Así terminó el primer sol.
El segundo sol fue Tezcatlipoca Negro, que iluminó el mundo durante 364 años. Los dioses crearon entonces a los primeros seres humanos a partir del barro. Pero estos eran muy perezosos e ingratos con sus creadores. Por eso Quetzalcóatl les envió un gran diluvio para acabar con ellos. Solo se salvaron un hombre y una mujer que se refugiaron en un hueco de un árbol. Así terminó el segundo sol.
El tercer sol fue Quetzalcóatl, que iluminó el mundo durante 312 años. Los dioses crearon entonces a los nuevos seres humanos a partir de las semillas de un árbol sagrado llamado Tamoanchan. Pero estos eran muy soberbios y arrogantes con sus creadores. Por eso Tezcatlipoca Rojo les envió un gran viento que los arrasó todo. Los humanos se convirtieron en monos y se dispersaron por las montañas. Así terminó el tercer sol.
El cuarto sol fue Tezcatlipoca Azul, que iluminó el mundo durante 676 años. Los dioses crearon entonces a los nuevos seres humanos a partir del maíz blanco y amarillo. Pero estos eran muy violentos y guerreros con sus creadores. Por eso Quetzalcóatl les envió una lluvia de fuego que los quemó a todos. Los humanos se convirtieron en pájaros y se escaparon por el cielo. Así terminó el cuarto sol.
El quinto sol actual
Después de la destrucción del cuarto sol, los dioses se reunieron en Teotihuacán, la ciudad de los dioses, para decidir quién sería el nuevo sol. Nadie quería asumir el cargo, pues sabían que implicaba un gran sacrificio. Solo se ofrecieron dos dioses menores: Nanahuatzin, el dios de las enfermedades, y Tecuciztecatl, el dios de las conchas marinas.
Los dioses prepararon entonces una gran pira en el centro de la ciudad. Tecuciztecatl se acercó primero, pero se asustó al ver las llamas y retrocedió cuatro veces. Nanahuatzin se acercó después, y sin dudar se arrojó al fuego con gran valor. Al ver esto, Tecuciztecatl se llenó de vergüenza y también se lanzó al fuego.
De la pira surgieron dos soles iguales, que iluminaron el mundo con demasiada intensidad. Los dioses no estaban contentos con esto, pues querían que hubiera uno solo. Entonces Tezcatlipoca Negro le arrojó un conejo a Tecuciztecatl, que le golpeó en la cara y le apagó parte de su brillo. Así, Tecuciztecatl se convirtió en la luna y Nanahuatzin en el sol.
Pero el sol no se movía por el cielo, sino que se quedaba quieto en el horizonte. Los dioses se preguntaron qué pasaba y se dieron cuenta de que el sol necesitaba alimento para vivir. Entonces decidieron sacrificarse ellos mismos para darle energía al sol. Así lo hicieron todos los dioses, excepto Quetzalcóatl y Xolotl, su gemelo canino.
Quetzalcóatl y Xolotl fueron entonces al inframundo, llamado Mictlán, para buscar los huesos de los antiguos humanos y darles vida nuevamente. Pero el señor del inframundo, Mictlantecuhtli, no quería entregarlos tan fácilmente. Les puso varias pruebas y trampas para impedir su misión. Sin embargo, Quetzalcóatl y Xolotl lograron superarlas todas con astucia y valentía.
Finalmente, Quetzalcóatl y Xolotl consiguieron los huesos y los llevaron a Tamoanchan, el lugar de la creación. Allí los molieron en un recipiente y les echaron sangre de su propio corazón. Así nacieron los nuevos seres humanos, que eran hijos del sol y de Quetzalcóatl.
Pero estos humanos eran muy débiles y frágiles, pues estaban hechos de huesos rotos. Por eso los dioses les dieron diferentes dones para ayudarlos a sobrevivir: el maíz para alimentarse, el fuego para calentarse, el agua para beber, el aire para respirar, la tierra para cultivar y las plantas y los animales para aprovecharlos.
Así comenzó el quinto sol, el sol actual, que se llama Nahui Ollin, que significa cuatro movimientos. Este sol está destinado a terminar algún día por un gran terremoto que sacudirá al mundo. Por eso los aztecas practicaban constantemente el sacrificio humano, para alimentar al sol con sangre y corazones y evitar su caída.
Este es el mito de la creación del mundo y del hombre según los aztecas. Es un mito muy rico y simbólico, que refleja la visión que tenían los aztecas sobre la vida, la muerte y el destino.